Los artistas y pensadores que no nos satisfacen
Escribe Martín Riva
creoquemartinriva@gmail.com
Al plantear un discurso sobre una obra o un autor, hay que diferenciar lo que es o pertenece a la obra, de lo que es o pertenece al autor, dado que son cosas distintas, aunque en puntos específicos puede resultar beneficioso acudir al otro término, ya sea para el disfrute o la comprensión. Pero como aquí me refiero a la circunstancia de insatisfacción ante una obra o un artista o un pensador, y no a una obra o a un autor en particular, los agrupo pues la cuestión lo permite. Otra aclaración inicial: aludo a la satisfacción o insatisfacción como un placer o displacer relevante o considerable, y no como un placer o displacer absoluto o total, de duración parcial o sostenible hacia lo infinito (en el caso de que sean posibles tales cosas). Además, quiero señalar que los autores, en su mayoría, no buscan hacer obras de escaso valor, y, mucho menos, obras que no alcancen a satisfacer a nadie. No hay duda de que a veces sólo se busca satisfacer sin saber qué es el valor, y en otras oportunidades se hacen obras deliberadamente con escaso valor, para, entre otras cosas, llegar a determinado público o lograr objetivos concretos. Pongo de relieve que ya es bastante para ciertos autores el hecho de no poder alcanzar valores y/o satisfacciones; por eso, no me parece que haya que ensañarse o enojarse con estos autores.
Tal vez tengamos por mucho tiempo más (o para siempre) obras y artistas y pensadores que no alcancen a satisfacernos, y esto, en principio, no indica que carezcan de valor, sino solo eso: que no alcanzan a satisfacernos. Para hablar del valor de una obra o un autor es necesario abandonar la mera opinión y entrar en alguna variante de la opinión calificada: cuanto más coherente sea esta opinión, mayor calificación tendría o debería tener. Es corriente, al menos hasta hoy, que las opiniones tomen relevancia (prestigio) y/o fama (popularidad) según quién las realice, pero no deben confundirse estas dos cosas con la calificación. Tampoco deben confundirse la relevancia con la fama. La relevancia y la fama son aceptaciones por parte de un público en un ámbito y en una época; lo cualitativo y lo cuantitativo hacen diferenciar claramente a una de otra. Si el público aceptante conoce la actividad (lo cualitativo), se trata de relevancia; si el público aceptante es mucho (lo cuantitativo), se trata de fama. De acuerdo al ámbito y época de ese público, serán las características de la relevancia o de la fama. También hay que tener en cuenta que lo que es relevante y/o famoso en un ámbito y/o en una época, puede no serlo en otros ámbitos y/o en otras épocas. De esto se deduce o se afianza la idea de que lo mejor sería disfrutar y analizar las obras y autores sabiendo que la relevancia y la fama son aceptaciones ajenas si no se toman como propias, y que no hace falta tomarlas como propias. La indiferencia o el desconocimiento o el rechazo a conocer obras y autores es una respuesta posible y respetable, y hacer lo propio con las aceptaciones y opiniones ajenas, pero todo esto, seguramente, tendrá alguna influencia en nuestra identidad; entonces, habría que prestarle suma atención, sobre todo si es algo que nos interesa.
La difusión masiva de lo relevante produciría que el público masivo acepte esas obras y autores, o parte de ellas, o que la cantidad de este público no masivo vaya en aumento. No será la primera vez que una obra o que un artista o que un pensador logren relevancia y fama. Claro está, las causas de la aceptación o negación por parte del público ante una obra o un autor, no sólo están relacionadas con la difusión; pero, inclusive la relevancia está relacionada con la difusión, aunque sea para una sola persona. Una obra que no llegue a ninguna otra persona que no sea su autor, carece de la posibilidad de ser relevante y famosa. Varios ámbitos y épocas se han equivocado al aceptar o al no aceptar ciertas obras y autores, pero pareciera que si la obra o el autor tienen algún valor, tarde o temprano, serán apreciados. No creo que una obra o un autor con algún valor pase sin ser apreciado por todos los ámbitos y épocas, dado que nos parecemos más de lo que creemos, y es casi seguro que habrá alguien con afinidades, o que por alguna razón o motivo sabrá o podrá apreciar merecidamente o en alguna medida a esa obra o autor. Ahora bien: no es mi interés central que el público masivo tenga opiniones calificadas, ni que todos pertenezcan o estén cerca del arte y el pensamiento (el público masivo no es la totalidad del público). Creo que la diversidad de actividades es un bien, y, quizás, una constante inmodificable; sería erróneo, pues, pretender que no sea así. Me gustaría que se mantenga la diversidad de actividades pero coherentes. Muchos cometen el error de querer convencernos de que una actividad es favorable para todos, y llegan a decir o insinuar la nocividad de no ejercerla. Más allá de que esta diversidad sea un bien y una constante, no hay duda de que la vida de una persona (incluso una vida larga), termina siendo insuficiente para hacer todas o muchas de estas cosas con un mínimo de eficacia. Por lo tanto, habrá que continuar eligiendo entre todas esas cosas que son o nos parecen favorables, dejando de lado el resto, y disminuyendo nuestros gastos de energías en algunas.
Es lamentable pero permanece abierta la posibilidad de realizar nuevamente censuras execrables, como lo son la prohibición de obras y autores, y la persecución y muerte de hombres y mujeres que desarrollan el arte y el pensamiento. Es preferible este otro tipo de censuras: la indiferencia a obras y autores o a algunas obras y autores; la elección de obras y autores dejando de lado al resto; el análisis coherente de obras y autores de escaso valor y de escasa proyección satisfactoria para ciertos ámbitos y épocas (analizar coherentemente una obra o a un autor de este tipo llevaría a una manera de censura o negación al mostrar sus falencias y características ajenas al arte y al pensamiento).
No sabemos desde cuándo existe la insatisfacción en el arte y el pensamiento, o si ha existido desde que existe el arte y el pensamiento. Ni siquiera sabemos con precisión (y tal vez nunca lo sepamos) desde cuándo existen el arte y el pensamiento, ni si la insatisfacción ante una cosa cualquiera ha sido una creación del propio hombre, o si estaba ya con él o de dónde apareció. Lo que sí sabemos es que hay obras y autores que nos pueden satisfacer, como así también que nosotros podemos, en las obras y autores que no nos satisfacen, encontrar cosas que ahora no apreciamos o no sentimos, y, entonces, estaremos satisfechos, quizás, con lo que alguna vez no lo estuvimos. Por último, quiero aclarar que el placer o displacer estético (la mera opinión de lo percibido) es tan importante como el placer o displacer crítico (la opinión calificada de lo percibido), dado que son nuestras respuestas a estímulos. El placer o displacer crítico incluye al placer o displacer estético, respectivamente o no, pero no sucede lo mismo a la inversa. Dicho de otro modo, disfrutar de una obra sin analizarla es tan importante como disfrutarla con análisis.
Etiquetas: Versión anterior al lunes 16 de noviembre de 2009, Últimos escritos
Publicado por Martín Riva el 4.11.05
1 Comentarios:
- At 2:05 PM, Martín Riva said...
-
Dos cosas: por un lado los invito a que dejen su comentario y que utilicen este espacio para dialogar, sobre la publicación a la que pertenece el comentario o bien sobre otra cosa. Por otro lado, quisiera que conozcan Revista Macedonio Conecta, que es un servicio gratuito de nuestra revista de arte y pensamiento "Macedonio": http://creoquemartinriva.blogspot.com/2005/11/revista-macedonio-conecta-es-un.html











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