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HUGO MUJICA. Entrevista con el poeta y filósofo, autor de "La palabra inicial"

La escucha como continuación

Por Martín Riva
creoquemartinriva@hotmail.com


Nombraré a tres escritores argentinos de la década del 40: Alberto Laiseca, Rodolfo Fogwill, y, el ahora entrevistado, Hugo Mujica. Es claro que conocer o desconocer la obra de ellos podría hacer una diferencia en las nuevas construcciones, no sólo literarias y reflexivas, sino además en muchas otras, a saber, las políticas, las sociales y las personales constitutivas.

—La pregunta es sobre su escrito biográfico, que hizo hace un tiempo, que me contó una vez: si nos puede narrar un poco sobre eso.

—En realidad lo escribí cuando yo salí de la Trapa, después de estar 7 años. Y bueno, después de tener casi… creo que tenía treinta y pico de años. Salí de la vida monásticay tenía, de alguna forma, que buscar otros caminos, otra estructura de vida y me fui al campo casi un año a vivir solo para dejar que se sedimente un poco lo que había vivido y ver que nueva configuración tomaba la vida. Y ahí se me ocurrió escribir un poco mi biografía. Y la escribí, la terminé, y la tiré. Digo, porque más allá del planteo literario o no literario, en realidad me percato que fue una forma de contarme a mí mismo mi vida y ponérmela en claro, o al menos tomar una opción de una de las posibles interpretaciones y narraciones que yo le podía dar. Y me pareció que tenía simplemente esa función, que no iba más allá de mí.

—¿Y la versión resumida cuál sería, qué es lo que vio ahí, más allá de que hayan pasado muchos años, que antes no había visto —antes de escribirla—?

—Vi un poco quién era, dónde me habían llevado los caminos. Me habían llevado a alguna forma… creo que toda mi vida fue una especie de búsqueda, no en el sentido angustioso sino en el sentido de que nunca, me parece, que hay un lugar donde uno llega: sino hay lugares desde los cuales uno mira de una forma u otra forma la vida. Incluso mi primer libro se llamaba De umbral en umbral, después vi que Paul Celan ya había titulado así a uno de sus libros. Pero era esa idea de que uno está siempre partiendo hacia nuevas figuras. Y ahí creo que me sirvió para resumir una figura de mi vida que había sido la de llegar a una cierta comprensión de un sentido de la existencia y un deseo de transmitirlos. Y también darme cuenta, más o menos, que toda mi búsqueda más allá de las diferentes formas que fueron tomando, tenía como línea cardinal lo estético. O sea para mí la belleza era el lugar de la verdad, de la revelación, de la comprensión, digo, que pasaba por ahí. Creo que ahí fue donde supe que para mí la belleza era el lugar de la comprensión. Y conste que digo comprensión y no verdad.

—¿Y con respecto a Cristo y lo estético, qué relación encuentra?

—Bueno, toda comprensión religiosa es estética, del momento que es un imaginario. La conceptualización viene después, es la teología, etcétera, pero no es el lugar de la experiencia. La experiencia es mítica. Una experiencia religiosa es siempre mítica y lo mítico es un lenguaje estético. Cristo aparece para mí como una belleza trágica, una belleza herida, quizás lo que después de Kant se podría llamar lo sublime, ¿no? La belleza cuando destroza. Para mí nunca me deja de asombrar el hecho de que toda narración, y el judeocristianismo viene de ahí, empieza diciendo que al principio fue la palabra, ¿no?, el hecho de que vayamos a lo más antiguo, lo más prístino, arcaico o remoto que podamos llegar, llegamos al momento donde comenzamos a hablar. Y el lenguaje es para mí el lugar de la poiesis de donde aparece y se manifiesta la comprensión, donde se da a comprender el sentido.

—La diferencia entre el pensamiento poético y el pensamiento filosófico, ¿cómo usted lo vive, cómo la piensa?

—A mí el pensamiento filosófico no me interesa, en la acepción que creo que usás la palabra, creo que es un sistema de historia del pensamiento con determinados autores canónicos. A mí me interesa el pensar, no la filosofía. Y el pensar es agarrar un autor y ver qué me hace decir a mí, ¿no?, es decir lo no dicho en lo que ya se dijo. No me interesa el saber qué dijo Hegel, sino tratar de entender la realidad de hoy desde Hegel, por ejemplo. Entonces… a mí me interesa mucho Heidegger sobre todo, que es el que más se puso desde el pensar a escuchar a la poesía, eso a mí me gustó. O esa imagen que tenía Nietzche del poeta filósofo o el filósofo poeta. Y esa es la tradición más originaria, más prístina de occidente. O sea cuando occidente empieza a pensar, empieza a pensar poéticamente: tenemos himnos, tenemos fragmentos poéticos, tenemos aforismos, después vienen los tratados y los sistemas. Pero cuando todavía el pensar pensaba algo tan originario que necesitaba un lenguaje que tiemble con lo que captaba, no un lenguaje de categorías, y ese era el lenguaje poético, y lo que se captaba era lo sagrado, y lo sagrado era el hecho de que existimos.

—Para nosotros que somos los jóvenes poetas, más allá de que logremos algo o no y que no seamos tan jóvenes, ¿cuál sería un… digamos… obviamente no una receta ni una coordenada clara y precisa, pero qué nos podría contar usted de su propia creación poética que nos pueda llegar a ser útil —es un término un poco feo— a nosotros como jóvenes poetas?

—Yo creo que ser poeta es, al menos para la estética que a mí me interesa, ser poeta es la capacidad de escuchar. De volver a sentirse receptor del lenguaje y no hacedor. Y hay que tener el pudor de lo lento, digo no apurarse a escribir y no creer que la palabra que uno tiene es la palabra que tiene que decir. En realidad uno tiene que decir la palabra que no tiene. Y ahí aparece el escuchar, una cierta humildad de qué es ser poeta. Pero sobre todo eso: tener el temple de vivir escuchando. Y creo que escuchar es una forma de demorarse en las palabras, en vez de escupirlas, para escuchar qué puede decirme a mí que no haya dicho a los otros esa palabra, y entonces usar esa misma palabra, pero va a estar dicha desde ese otro lugar, va a dejar escuchar esa dimensión desde la que nació.

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Publicado por Martín Riva el 2.10.08

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