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Shakespeare y los mandatos

Shakespeare y los mandatos
Por Martín Riva

La obra de Shakespeare trata muchos matices y variantes al respecto de los mandatos. Trataré de clarificar a qué se refiere ese enunciado e intentaré hacer una nueva lectura. Por un lado la idea de mandato podría leerse en obras anteriores a Shakespeare, incluso en Homero encontramos que los personajes son impelidos, mandados, obligados a realizar o vivir de ciertos modos. En Sófocles encontramos cuestiones similares. Pero si en Homero y Sófocles ese mandato se encuentra también ligado a lo divino, en Shakespeare suele ser más terrenal o si es más allá de lo terrenal, podemos encontrar con mayor fuerza los casos de cierta mundanidad aún en los pedidos de los muertos o de otros seres o personajes. Es decir, que en Shakespeare estamos en una confusión o problema o cuestión más terrenal, aunque haya contacto con algo que está fuera de lo terrenal. El caso más conocido de sus mandatos, podría ser el de Hamlet, que se encuentra con la sombra o fantasma de su padre, o bien Romeo y Julieta que tienen que enfrentar los mandatos de sus respectivas familias. Incluso el propio rey Lear va en contra de un mandato, que es el mandato de cierta lógica social en cuanto al poder, y trata de salirse de esa lógica a su vez vía la creación de otro mandato. Y así podemos ir notando que los personaje van encontrándose con mandatos de un sector familar, social, incluso hasta económico, y tienen que resolver pues esas cuestiones. Pero en resolverlas va gran parte de su vida o bien directamente su vida y el destino quizás de su ética, o de lo que podría venir más allá de la vida. El suceso, el encuentro ante el mandato es trascendental, y casi siempre, desde ya, inevitable. Ni siquiera es necesario buscarlo: llega y hay que vivir con él, responderle de un modo o de otro, y no responderle es también una respuesta.

Las respuestas básicas ante el mandato son obedecer o rebelarse, pero no es ahí donde quizás esté el verdadero logro, sino en una elaboración del mandato. El que manda, el que pide, demanda o ejerce presión e influencia, puede ser incluso un imaginario interno, es decir, algo que nadie nunca ha postulado desde el exterior, pero que es tomado como un mandato. A veces los mandatos son explícitos, pero en muchas otras ocasiones no lo son, o son confusos, múltiples, contradictorios, pasajeros. Y al decir pasajeros, también estoy diciendo que el mandato de hoy, cumplido o no, puede ser cambiado por otro, y no siempre se tiene conciencia de ese cambio. Y si en la lucha o encuentro o relación con el mandato, no se tiene conocimiento del cambio, de la renovación o actualización, sucede que al aceptar, rebelarse o elaborar, se pierden más elementos de cálculo. De ahí que el que satisface un mandato o lo reniega, encuentra muchas veces que ya no hay relevancia en ello, o, al contrario, ha quedado satisfecho lo que ya no debía ser satisfecho, e, incluso, creyendo rebelarse, podrá estar aceptando el mandato, o la inversa.

Pero no sólo pueden darse respuestas básicas a los mandatos. Hay otro tipo de respuestas que son mejores pero de alta complejidad. En la obra de Shakespeare se plantea el problema, se plantean soluciones y variantes, pero es claro que le toca al conocedor de cada obra, de cada parte de cada obra, y de cada época y sociedad, analizar cuál es la respuesta más conveniente. Y me parece que en nuestra sociedad, lo mejor no es rebelarse, en el sentido, de ser rebelde al mandato, sino otra cosa, diferente, aunque sin alejarse del centro de la rebeldía. Tampoco, por supuesto, se trata de aceptar el mandato. ¿De qué se trata entonces? Paso a explicar.

Lo primero que se olvida es pensar su posible motivación. Un mandato real o imaginario, externo o interno, implícito o explícito, confuso, lineal, múltiple, social, familiar, político, etcétera, tiene una o más motivaciones. Junto, luego o antes de las motivaciones, aparecen las influencias o lo que conllevaría ese mandato y sus variantes. Eso, en general, es analizado de manera muy escueta, porque hay una tendencia, errónea, a la aceptación o rechazo sin el pensamiento maduro o sin elementos suficientes. A lo sumo hay un acercamiento a un orden reflexivo insuficiente, o bien se le presta mucha atención a la parte emocional, es decir, a si gusta o no eso que se está recibiendo como mandato. Desde ese momento, el que recibe el mandato se encuentra sin la base mínima para poder pensar, y, por ende, sus actos podrían perjudicarlo notablemente. Es eso lo que sucede con muchos de los personajes en la obras de Shakespeare.

Lo segundo que quiero destacar, sabiendo que el tema es más extenso, es que se pueden y deben aprovechar los mandatos. El mandato no suele venir sin beneficios. En general, venga de donde venga, el mandato es acompañado de colaboraciones, ayudas, ideas, relaciones que podrían favorecernos, pero que al estar dentro del ámbito del mandato, el negador o rebelde niega todo eso junto. Y eso produce el quiebre y lucha de fuerzas. Es ahí donde las personas, según su habilidad, tendrán que sortear o morir o sufrir. Nos cuesta mucho salirnos del pensamiento dual, nos cuesta mucho ingresar en el pensamiento múltiple, o en la desconstrucción de los problemas. Si se pudieran analizar los mandatos no como una sola cosa, sino como un conjunto de cosas, que podríamos llamar energías, e ir separando y analizando cuál de esas energías nos resultan favorables, podríamos negar o no aceptar el mandato, pero haciendo un desarrollo con esas otras energías que acompañan al mandato. Por ejemplo: Hamlet recibe el mandato del fantasma de su padre, y ese mandato consiste en tomar venganza. Al menos esa es la interpretación que le otorga. Muy distinto hubiera sido que Hamlet aprovechara las diferentes energías, es decir, la división en muchas partes de ese mandato, para hacer con el quizás algo muy distinto a la venganza. Porque quizás Hamlet no es un ser vengativo, lo que no indica que fuera cobarde ni negador de lo justo. Otro ejemplo podría ser el caso de Romeo y Julieta, que reciben una prohibición de amarse dado el odio entre ambas familias. Pero aceptan ese odio como una verdad inapelable o al menos la consideran en un punto así. Luego de sus muertes se comprueba que no era un odio interminable, dado que ambas familias tienen un encuentro por el dolor de la muerte de ambos jóvenes. Dicho de otro modo, hay que poder elaborar un diálogo que no sea ni la sumisión ni la rebeldía explícita, sino en todo caso una negación parcial y un uso de las energías que acompañan el mandato. Porque la esencia del mandato es el poder. Para el que quiere ejercer el poder, lo central es satisfacerse, en todo o en parte, depende el caso, pero hay muchos modos de lograr eso, y uno de esos modos, es la desconstrucción del mandato, es decir, hacerlo múltiple y dar respuestas múltiples, y no tomarlo en la dualidad de la aceptación o rechazo total.

Por último, quisiera recordar o destacar que no todo mandato es errado. La cultura, las costumbres, los mandatos familiares, sociales, económicos, internos, religiosos, muchas veces tienen un fundamento o motivación de sumo valor ético, estético o reflexivo. Pero si eso no condice con nuestro parecer, no indica que el mandato pierda sentido. No encontrarle el sentido verdadero o favorable a un mandato, y seguir nuestras propias inclinaciones erradas o erráticas, es tan peligroso o nocivo como aceptarlo aunque nuestras inclinaciones sean coherentes pero nos falte el valor o fuerza para llevarlas a cabo. La proyección en el tiempo y en el espacio, es otra cuestión. Solemos darle un valor fuera de lo favorable a los mandatos, porque lo llevamos a tiempos y espacios donde el mandato no tiene en muchos casos validez. Pienso que tampoco debemos olvidar que nosotros mismos, a nuestro pesar o no, somos dadores de mandatos. O que si construimos algo que tenga valor, será tomado también como mandato para otras personas. Porque un mandato es también un atajo cultural, un precedente que busca lograr o evitar ciertas cuestiones. Ante un mandato, en resumen, deberíamos pensar de la mejor manera posible, sin negar lo emocional, y recién ahí responder, es decir, dividir en cuantas partes sea posible la cuestión, y aprovechar las energías o recursos favorables que vienen con el mandato.

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Publicado por Martín Riva el 14.11.11

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